[Mar Menor] ¿”Malas prácticas agrícolas de hace décadas”, o insostenibilidad actual?

Pese a la abundante evidencia en sentido contrario, desde las organizaciones de regantes y estamentos políticos se insiste en situar la contaminación del acuífero del Campo de Cartagena como una herencia del pasado, que ya se habría superado

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Fotografía del Mar Menor tras el episodio de “gota fría” del pasado mes de septiembre. Foto: Sentinel/MarMenorCoastal.blog

Cuando ocurre un acontecimiento catastrófico, como el de la mortandad masiva de peces en el Mar Menor del año pasado, lo normal y deseable en cualquier país que se diga ‘civilizado’ es que partidos políticos y grupos te interés aparquen sus diferencias y trabajen todos a una para solucionar el problema -manteniendo las sanas discrepancias en el ámbito de lo estrictamente técnico y con un tono conciliador-. Pero lo que acontece en el sureste peninsular hace ya tiempo que ha abandonado toda lógica, empezando por las largas décadas de inacción y terminando por los rudos modales usados en la batalla partidista, todo ello aderezado con las dimisiones masivas en el Comité Científico que estudia el Mar Menor.

Si las medidas del denominado ‘Plan de Vertido Cero’ ya resultaron polémicas, al suponer en la práctica un mecanismo para ampliar más todavía los regadíos (y demorarse su implantación, en medio de una batalla competencial y de financiación), la situación ya estalló definitivamente cuando el pasado mes de diciembre el MITECO suprimió el trasvase para regadío alegando el estado para el Mar Menor. Máxime al plantearse una exclusión del Campo de Cartagena para el mes de enero, con amenaza de protestas “virulentas” incluida. En ocasiones incluso en flagrante insulto a la ciencia.

Y es que la agricultura de regadío intensivo parece haberse convertido en una vaca sagrada, que no acepta el más mínimo sacrificio para proteger un entorno saludable para todos y fuente de ingresos de no pocos (turismo, pesca, etc.).

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Tras criticar el “trasvase cero” de diciembre por “castigar a todos los regantes del Trasvase de lo acontecido en el Campo de Cartagena”, el SCRATS ha cerrado filas precisamente en defensa de esa comunidad de regantes.

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El mito de la “buena gestión del agua” y la “agricultura puntera”

En esa vorágine de noticias y reproches cruzados, desde la trinchera del regadío intensivo se ha venido insistiendo machaconamente en una idea simplona y con el acicate de tener buen gancho de orgullo de patria chica: el viejo mito de ser una región “puntera” en lo que a tecnología del agua se refiere, confundiendo además implantación tecnológica (usar ciertas herramientas) con gestión (decidir cómo se usa el agua).

Podemos encontrarnos, por ejemplo, con un artículo firmado por Mariano Soto (Secretario general de la C.RR. Campo de Cartagena) en el portal iAgua.es en el que se afirma sin tapujos que la alta carga de nutrientes que presenta el acuífero puede no deberse al actual regadío de precisión del Campo de Cartagena, con una alta tecnificación (más de 96% con riego localizado), sino a malas prácticas agrícolas de hace décadas (riego por superficie con gran aporte de nitratos), ganadería, y vertidos de aguas urbanas”. Añadiendo, acto seguido, que “en el Campo de Cartagena se están aplicando las técnicas más avanzadas de riego y fertirrigación del mundo, lo que posibilita una agricultura de regadío sostenible y compatible con el Mar Menor”.

El artículo citado, ampliamente compartido en redes sociales y profesionales en el ‘mundillo’ del regadío, no pasaría de producir cierto sonrojo… de no ser porque el autor es nada menos que profesor asociado de la Universidad Politécnica de Cartagena (UPCT), coordinador de la Cátedra Trasvase y Sostenibilidad para más señas, que claramente intenta recurrir al argumento de autoridad aprovechando el desconocimiento generalizado que hay sobre la materia entre la población.

De entrada, hay que señalar que existen tres vías principales por las que los contaminantes de origen agrícola entran al Mar Menor: la escorrentía superficial, la descarga subterránea, y los vertidos a las ramblas o directamente al mar.

Veámoslas en detalle.

    1. Escorrentía superficial. Debido a la destrucción de la vegetación natural y la inexistencia de cultivos de cobertura, cualquier episodio de lluvia torrencial acaba arrastrando grandes cantidades de suelo (cargado de nitratos y fosfatos) hasta la laguna salada. Aunque la fotografía del satélite Sentinel sea de la famosa ‘gota fría’ de septiembre de 2019, este fenómeno se repite prácticamente todos los años.
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      Por mucho que se presuma de tecnología del agua, lo cierto es que la protección del suelo en el Campo de Cartagena (y en muchos otros rincones de nuestra geografía) generalmente brilla por su ausencia. Valgan como prueba palpable las fotografías y el excelente análisis realizado por el ingeniero técnico agrícola Francisco José Ruíz Sánchez en el blog de MarMenorCoastal.
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      Pese a que en los balances globales la escorrentía superficial pueda parecer tener una importancia secundaria, lo cierto es que estos balances presentan grandes incertidumbres y que estas entradas se ven agravadas además por la enorme cantidad de nutrientes que entran de golpe, coincidiendo además con la ‘dulcificación’ pasajera de la laguna salada.
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    2. Descarga subterránea. Es precisamente la vía a la que hace referencia Mariano Soto en su artículo, y que según los defensores a ultranza del regadío intensivo es una herencia del pasado. Y es que, cuando se riega, una parte del abono aplicado a la parcela acaba ‘lavándose’ y se infiltra al acuífero. Precisamente los años del ‘riego a manta’ supondrían la época de mayores entradas de contaminantes y, como el agua dentro del acuífero se mueve muy lentamente (unos pocos metros por día), ahora estaríamos viendo salir al Mar Menor los nutrientes que aplicaban los agricultores durante los años 80 y 90. Por eso, hoy día, la agricultura intensiva resultaría “sostenible” y el Ministerio debería ejecutar las medidas del ‘Plan de Vertido Cero’ para interceptar la contaminación pasada.
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      La explicación parece impecable, de no ser por dos cosas: la solubilidad del abono aplicado también influye (y obviamente la fertirrigación recurre a abonos altamente solubles, como recoge el propio ‘Plan de Vertido Cero’ al hablar del impacto negativo de las ‘modernizaciones’), y el lavado de nutrientes se produce también en episodios de lluvia donde la cantidad de agua no está controlada al milímetro. ¡Incluso cabría hablar de la aplicación de agua en exceso necesaria para el lavado de sales!
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      Pero, más allá de la teoría, hay que dejar hablar a los números y la observación empírica. Según recoge el propio informe del Comité Científico del Mar Menor, en unos ensayos sobre parcelas controladas de lechuga y diferentes tipos de abono, “los lixiviados han presentado valores entre 50 y 660 mg/L de nitrato, con un valor medio de 244 mg/L”. Cantidad que equivale a 20 kg N/ha al año, o 3.300 toneladas de nitratos si se extrapola a todo el Campo de Cartagena. Una cantidad muy similar a la salidas por descarga al Mar Menor, por lo que el problema estaría lejos de ser una mera herencia del pasado y que deja en entredicho la presunta compatibilidad del actual modelo agrícola con el medio ambiente.
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      Si además pasamos de parcelas controladas por científicos a los regadíos del mundo real, el panorama se vuelve aún más funesto. Cara a la galería, todos los agricultores afirman ser sostenibles y comprometerse con las Buenas Prácticas Agrícolas. Pero a la hora de la verdad surge la picaresca, como recoge acertadamente el estudio ambiental del ‘Plan de Vertido Cero’, al señalar la existencia de un incumplimiento generalizado del Programa de Actuación en la zona, sobre todo en lo referente al tipo de abono mineral empleado (empleo de abonos ureicos que no están permitidos), así como en el exceso de las dosis empleadas de abonado orgánico respecto a los límites establecidos”, cuantificando esta sobre-fertilización entre 10 y 70 Kg/ha según el cultivo (media de  40 Kg N/ha)”. Blanco y en botella.

3. Vertidos de desalobradoras. Básicamente consiste en la extracción de esas aguas contaminadas (y salobres) del acuífero, para separar el agua dulce (desionizada) del agua salada (con nitratos incluidos), vertiendo esta última a las ramblas. Esta práctica ilegal funciona al menos desde 1995 y, aunque las últimas operaciones policiales parecen haberle puesto freno, existen fundadas sospechas -por vertidos de origen desconocido- de que persiste en la actualidad.
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El proceso de desalobración mismo es una fuente de contaminantes (fosfóricos), si bien actúa principalmente como una vía de aceleración del tránsito de los nitratos: vía acuífero habrían tardado muchos más años en alcanzar el Mar Menor, y tal vez lo habrían hecho a un ritmo asimilable por la laguna.

Como puede observarse, incluso dejando a un lado las inevitables pequeñas ilegalidades del día a día (picaresca), hay pocos motivos para un discurso triunfalista y de presunta sostenibilidad y compatibilidad del regadío intensivo con el Mar Menor. Los aportes actuales de nitratos siguen siendo elevados y excediendo con creces lo que acuífero y laguna pueden asimilar. Algo que han recogido sistemáticamente los informes del Comité Científico, los estudios realizados por el Ministerio de Transición Ecológica y la observación misma de colectivos conservacionistas (o cualquier ciudadano un poco avispado).

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¿Cerrar el Trasvase Tajo-Segura es contraproducente para salvar el Mar Menor?

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Canal del Postrasvase Tajo-Segura, con pérdidas de agua.

Dentro de la ofensiva lanzada por sectores relacionados con el regadío intensivo, hemos visto también de forma reiterada afirmaciones tendentes a relacionar la decisión de reducir el suministro de agua del Trasvase con un previsible “empeoramiento del estado del Mar Menor”. Véase por ejemplo la nota de prensa enviada por la C.RR. del Campo de Cartagena en diciembre.

Los argumentos menos elaborados hablan de la puesta en marcha de más desalobradoras vertiendo la salmuera cargada de nitratos a las ramblas -algo improbable dado el mayor control policial-, mientras que desde sectores más especializados apelan a las aguas urbanas regeneradas y de las captaciones legales de pozos del acuífero del Cuaternario -que serían demasiado saladas para su uso directo en agricultura, y de no mezclarse con agua libre de sales “acabarían en el Mar Menor”-.

De nuevo, parecen haber cogido el rábano por las hojas. En primer lugar, porque los últimos estudios parecen revelar que la descarga de agua con nitratos por el acuífero del Cuaternario es mucho menor de lo que se había estimado -poniendo, de paso, en cuestión el grueso del ‘Plan de Vertido Cero’-. Y, para seguir, porque los retornos que produciría esa agua “limpia” seguirían estando cargados de nitratos (como hemos visto, no son una herencia del pasado), por lo que entraríamos en un bucle de bombear agua contaminada, diluirla con el trasvase para poder regar con ella, y que parte de ella vuelva aún más contaminada (según el propio Mariano Soto, cada hm³ bombeado del acuífero del Cuaternario retiraría 42 t N [186 t -NO3], cifra claramente inferior a las 3.300 toneladas de nitratos en los retornos de riego estimados por los expertos). Un bucle que además, por la constante intervención que requiere, es vulnerable a fallos y crisis económicas.

Y es que, ante un consumo de agua cifrado en 258 hm³/año en todo el Campo de Cartagena según el Plan Hidrológico -de los cuales el Trasvase en Nivel 3 suministra a lo sumo 45 hm³-,  los 12 hm³/año que como máximo se sacarían del acuífero del Cuaternario (una vez construida la totalidad de la red de drenes del ‘Plan de Vertido Cero’) son más bien poca cosa. Hay una clara oportunidad para reducir la superficie regada, y con ella reducir también el aporte de fertilizantes y los retornos de riego, además de recuperar espacio para la vegetación natural y filtros verdes. Máxime si nos planteamos opciones tales como cambiar a cultivos más tolerantes a la sal, pues las famosas lechugas se encuentran entre los cultivos más sensibles y voraces, mientras que la alcachofa p.ej. tolera una salinidad 5 veces superior. Pero seguramente dirán aquello de “¡es el mercado, amigo!”.

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A modo de conclusión, hemos visto muchas excusas de mal pagador para evitar afrontar medidas drásticas de salvaguarda del Mar Menor. Tras varias décadas de descontrol absoluto, en las que el regadío ilegal (fuera de perímetro o con aguas robadas) ha sido solamente uno de tantos incumplimientos, parece que ahora cualquier medida de regulación y restricción es un terrible atentado contra la libertad de empresa y que los sacrificios van a ser enormes.

Y es que siempre olvidan que, de recortar una parte del suministro de agua, su impacto lógicamente se acaba aplicando a los cultivos menos productivos. No pueden vender la moto de pérdidas mil-millonarias cuando más de la mitad del beneficio se obtiene con los primeros 20 hm³, otro pico está en los 70 hm³ intermedios, y los últimos 50 hm³ aportan a lo sumo un 15% (a razón de 0,3 €/m³). Fuera de la zona regable del Trasvase, la productividad agraria es marginalmente aún más pequeña, pudiendo eventualmente reasignarse caudales hacia zonas más productivas.

¿En serio valoran en tan poco la buena salud del Mar Menor?

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Márgenes de beneficio en la zona regable del Trasvase. Fuente: PHDS 2015-2021, Anejo 3, Anexo III

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3 thoughts on “[Mar Menor] ¿”Malas prácticas agrícolas de hace décadas”, o insostenibilidad actual?

  1. […] del regadío en el Campo de Cartagena es radicalmente falsa. Ya comentamos en su momento que incluso bajo condiciones ideales el regadío produce una importante filtración de nitratos, y que además estaba extendidísima la costumbre de sobre-fertilizar. ¡Incluso hay una […]

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